viernes, 7 de noviembre de 2014

+ poesía - policía

Llegué tarde a la cita. El trabajo en la oficina no espera y los pendientes carcomen más que las baldosas a las suela de los zapatos un medio día de mayo. A los manifestantes los encontré marchando en la calle de Tacuba aunque la avanzada tenía una hora  más o menos de haber llegado al zócalo. Quedé con Rocco y Aldo que nos veríamos en la puerta de Bellas Artes para caminar juntos por en repudio a lo sucedido en Ayotzinapa, pero ya era inútil, la hora pactada había pasado y por más que marqué a su celulares la misión encuentro era imposible.

Me detuve un rato en la acera por donde salí del metro. Entre el estrépito por la hora y lo sofocante de la chamarra, los poros de mi cuerpo daban testimonio que momentos antes, en el vagón, de la línea 2 era un infierno de calores y malos humores. No era tarde pero a esa hora el sol se había marchado. En un instante recorrió  por mi cabeza un halo de temor, coraje y rabia. Debo decirlo,  estaba atónito. Quería estar con mis amigos pero no podía moverme. No era capaz de perderme el festín de rabia y dolor que en aquel amasijo de gente se movía por la calle.

Seguí subido un instante en la banqueta mientras mis ojos presenciaban el tránsito de personas alzando pancartas, ondeaban banderas, se tomaban de las manos como una cadena de barco que se ancla en el agua. Eran chicos y grandes,  hombres y mujeres que en conjunto transpiran una suerte de indignación por lo que sucede en el país. Sus gritos eran fuertes, más por el coraje y la indiferencia de un Estado indolente que ha hecho caso omiso a los agraviados. Sus gritos eran roncos por tanto esfuerzo de pasar la tarde acallando al silencio. Algunos, los más precavidos, bebían aguan para continuar con la encomienda. El objetivo era salir a la calle y hacer del 43 el nuevo símbolo que se suma a los números ya icónicos 68 y 71 que forman parte de la memoria dolorosa de este país.

Eran las 7:20 de la tarde y frente a mí paso de largo un contingente de la ENAH tocando música de tambores. Iban improvisando de una forma u otra una égloga salida de sus adentros. Su sonido agudo, seco, igual al latido del corazón que está listo para lo que venga. El grupo enarbolaban la bandera de la victoria, la bandera xoxouhqui verde azul o azul turquesa que llevara consigo Cuitlahuac la noche de la victoria contra los españoles. Sólo que esta vez no era una noche de fiesta por sacar al enemigo. Esta vez era el presagio de la desnudez del gobierno que toma represalias  contra los estudiantes. Esta vez, esta marcha era la continuación de un canto mortuorio por la dignidad que aún late en la vieja y nueva calzada de Tacuba.

Paso tras paso, uno a uno nada en la vida es casual, todo sucede resultado de algo. Es una concatenación de agravios desde que parió la patria. De momento no alcancé a entender que ya estaba ahí, que había llegado también  por dolor aunque en nada comparado con el que sienten los padres de los normalistas desaparecidos. Aunque el mío también es dolor, dolor por presenciar el desmantelamiento de la tierra sin poder hacer otra cosa que inconformarme. No puedo ser indiferente o cómplice ante lo que sucede, mi razón me obligaba por simple moral a estar ahí y entregar una flor en girones que en ese momento era mi corazón. Después de todo, seguimos teniendo derecho a pronunciarnos en contra de este baño de sangre que no tiene fin.

Tenía claro que era una marcha, pero no de esas que nos asfixian en esta ciudad. No era una marcha salida desde el escritorio, era una ola de protesta con lenguaje propio, con nombres y apellidos, con fosas clandestinas y desapariciones forzadas, con daños colaterales y con estadísticas en el obituario grotesco en que se ha convertido México.

Mientras miraba, una chica lanzó un beso al aire y al alcanzarlo se acercó a mí para decir: ¿Qué esperas? no mires solamente. Esto es asunto de todos” dijo.

Me sentí desenterrado, como si fuera cómplice o autista. Sin pensarlo más, decidí dejar a Rocco y Aldo por la paz navegando en alguna parte del mar de gente en que se había convertido el primer cuadro de la ciudad. Con un movimiento rápido, la chica de la ENAH compartió la mitad de su cartulina blanca ya para entonces medio doblada por tanto ajetreo. Era un pedazo amorfo de papel donde se leía la frase: “Si nos callamos, lo aceptamos”.

Debo confesar que las marchas no me son ajenas. Que salir y gritar no es mi estilo, que prefiero otro tipo de acciones antes que dejarme llevar por la marea. Sin embargo, este es un asunto que nos mantiene en vilo. Por un momento vi la película ante mis ojos de cuando he andado en medio de las marchas, de cuantas veces he tenido que salir a ser políticamente incorrecto y despedazar el qué dirán.

No niego que los sueños comienzan a ver la luz en tanto pasan los años. A veces, y no en vano, con el paso del tiempo, las ganas se van haciendo como la fe de una prostituta donde la hora de la redención se aleja y los pecados se vuelven predecibles.  

Pero caminé, debía hacerlo. Lo hice sólo unas cuadras hasta que por fin llegamos a la plancha de concreto, al corazón político de México, al alma variopinta de nuestros triunfos y derroteros. Después de todo como lo advirtiera Monsi “Quién no se siente grande al entrar al zócalo”. Llegamos ahí ya a oscuras, apenas alumbrados por las luces de catedral y los edificios que circundan la vieja Tenochtitlán. Caminamos lento con un paso casi funeral. La plaza estaba llena; no supe en qué momento el contingente se transformó en masa, en una hidra de mil cabezas que seguían acompañándose desde el anonimato.

Me di cuenta que volvía a la contemplación de los muchos Méxicos cuando con otro beso, esta vez recibido en mi mejilla, la chica se despidió no sin antes decir:
-Nosotros nos quedamos aquí- En tanto, las miradas lascivas y risillas entre dientes de sus amigos hacían evidente el arrebato por ese encuentro que tiene de casual lo mismo que de inocente.

-Aquí  nos quedamos- volvió a decir ella mientras me perdía entre empellones de otras personas que se movían para alcanzar el mejor lugar en el mitin. Las banderas seguían moviéndose, las escuelas se entremezclaban y los que íbamos sin matrícula universitaria ya, como en mi caso, también nos multiplicábamos como panes y peces en cuaresma.

Avancé hasta donde me fue posible; unos 50 metros del estrado. Contemplé a mí alrededor la mixtura que hace rica la lid del enojo colectivo. Sin darme cuenta, tras de mí una bandera arcoíris se alzaba dejando en claro que lo diverso también  tiene motivos para no callarse. A esa hora amigos, compañeros y desconocidos no cesaban, eran un grito atorado que por fin salía en voz estridente del ¡Ya basta!

Frente a mí unos chicos escuchaban las proclamas tomados de la mano. Hacían la afrenta a los demás tras sellar los discursos con un beso en la boca. Se  distinguían de los otros no por sus afectos sino por sus playeras ajustadas y porque en sus  cuerpos famélicos tenían pintadas la bandera arcoíris con el águila y la serpiente enlutada con un listón negro. Eran de una vocacional, lo supe luego cuando al arreciar el frio se pusieron unas batas blancas con el logo del Poli en un costado de su hombros.

Los mensajes y pronunciamientos iban avanzados. Escuché uno a uno hasta que terminaron todos. La plaza estaba tomada por halo de indignación. Al finalizar, los accesos volvieron como aquellas viejas acequias a fluir, sólo que esta vez, no era agua lo que manaba, eran pasos apresurados  para alcanzar la salida y para alimentar  momentos después el caos del regreso a casa.

Caminé hasta Bellas Artes por Madero. Hice un alto en las jardineras del palacio de mármol y ahí como con un barrido de luz en fotografía, pasaba la gente a mí alrededor. Voltee la cabeza y al fijar la mirada ahí estaba otra vez la chica junto a  otro que había marchado. Sonrieron ambos mientras sus pasos lerdos volvían a reencontrarnos. La chica se despidió  de él y de mí nuevamente con un beso, no sin antes advertir la sorpresa por la coincidencia. –Los dejo solos chicos- dijo al marcharse.

Es curioso, nunca supe que él venía junto a nosotros mientras entrabamos al zócalo en el contingente de la ENAH. Lo confesó cuando cruzamos palabras. Él estudia en la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello y al igual que yo, se perdió buscando a sus amigos y ante la avanzada se incorporó a este  contingente.

No es casualidad la vida, es un ramo de sorpresas. Él tienes por apellido Alas y lo más cercano a volar es que es bailarín. La charla se extendió un buen rato. Conversamos tanto que parece nos conociéramos desde antes. Como cuando dos buenos amigos se reencuentra y se ponen al día de lo que les ha sucedido.


Nunca imaginé que al finalizar la manifestación por Ayotzinapa, el miércoles pasado, trajera consigo otras formas de poner a prueba los sentidos. Después de todo, sentir, también es una forma de protestar si agredir a nadie con la intención unívoca de provocar un golpe de estado al corazón.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Por los desaparecidos

Esta es la historia de una izquierda agónica, de una derecha obscena y del oficialismo de Los Pinos putrefacto. Ellos, los ungidos por el poder mediáticamente soberano, siguen pretendiendo alcanzar indulgencia para expiarse de culpas, pero hace tiempo dejaron de ser partidos representativos.

En este caso, la renuncia pide su renuncia antes de aparecer en una selfie en Iguala o redimir en hashtag la bendición del oportunismo desmesurado en cadena nacional.

En México al silencio se lo comen los gusanos en fosas clandestinas con formas caprichosas de la República mexicana. En tanto, el reloj sigue su marcha salpicado a cada minuto sangre si dar tregua a los curiosos y a las instituciones en todos los puntos de la geografía patria.

Un día más, una hora más, otro expediente más y mientras, todos hacen antesala sin encontrar la salida. El rompecabezas de la historia usa palabras de burócratas jugando al ping pong y los noticiarios empeñan el escándalo en tanto reciben otra orden.

Nada, aún nadie es culpable. Nadie tras las rejas, nadie purga la condena más que social todos son presuntos liberados de una borrachera que terminó  en trifulca partidista desde la alternancia.

Aquí en medio del charco (de sangre) hay una isla de impunidad donde todos tienen acceso preferencial  a meses con intereses.

 Dónde buscar, todo está sobre la tierra. A caso la dignidad del pueblo también necesita de la inversión extranjera para hacer perforaciones en aguas profundas, o los ecos de las escuelas y universidades se intercalan como cortinillas en el prime time mientras no haya cosa menos trascendente que agotar.

No nos perturbemos, las montañas suelen confundir, no son sólo rocas, son cuerpos apilados cubiertos por tierra en el mejor de los casos. Sueño desollados de jóvenes que jamás han importado. No son trascendentes, no fotografían bien para la telenovela de las 9 de la noche.

Que vayan todos a sus casas, dicen, “aquí no pasa nada”. Qué más da si aparecen otras fosas, esos cuerpos también pasarán lista en pocos años al olvido, se irán sumando a la cadena de agravios  de la historia negra que un día la noche habrá de cubrir, serán estadística del país trasexenal y del progreso económico de un país que se mueve.

El eco suena en calles y plazas va tomando forma como tratando de unir los cuerpos mutilados, las familias desunidas, los cuerpos humillados por la banda tricolor. Habrá otro día para la marcha, la pancarta al aire, gesticulaciones del enfado.  Habrá otro día para la dignidad y el repudio y saldrá una vez más a tomar el zócalo. Allá no muy lejos,  gobierno, sociedad, partidocracia darán rienda suelta a la censura aliviando paraísos porque  ante la duda de los vivos habrá otros tantos que estarán muertos  y habrá otros que por los muertos seguirán jugando volados  para seguir  por dignidad vivos.

martes, 2 de septiembre de 2014

Para salir despacio

 Habría que vaciarse desde dentro
colgar las venas en una enredadera
y dejar escurrir la tinta ocre
desmontar los muros
tender sobre sus ruinas un columpio
hasta que una estrella fugaz extinguiera el viento

Cualquiera creería que el diablo
pintó con sangre el centro de la tierra
que Dios se equivocó
convirtiendo la desnudez en armadura
y no extrañaría que los ojos fueran el último testimonio
de que alguna vez fuimos el mar

A lo lejos escucho decir que eres otro
como el eco profundo atraviesa las entrañas
pero el mundo que no acaba si apago la luz
si del sonido destierro las palabras
deseo salir de tu boca cientos de veces
salpicar al fantasma humedecido por un beso
y ordenar la catástrofe descifrada en tiras de papel

Puedo escribir unas líneas en duermevela
advertir que tu espalda es el comienzo del universo
la sinfonía táctil que evangeliza a los ciegos
o la travesía que siguen los pájaros
en catarsis de sueños  
me gustaría ir en sus alas
alejarme en el viento  
tú me invitas a dejarlo todo
a escuchar el eco en el fondo de tu pecho
sortear a contraluz  la diáspora suave de los sentidos

Debo proscribir la vendimia del corazón
las ofertas temporales que anuncian libros de poesía
las noches con aguatinta
y las cartas escritas sin que lo sepas
comienzo a derretir el témpano de miedo
cada vez que te marchas
conjuro en llanto los infiernos

Sigamos a las horas en espiral desde dentro
juguemos a tocarnos con la lluvia vestida de largo
y cubramos el dolor de los huesos quebradisos
caminemos descalzos
como si al acariciar la tierra adivináramos  
qué diablos esconde la poesía
despidámonos un martes
desconozco qué hacen mis dedos
si al huir de los tuyos comienzo a quedarme quieto.



 


miércoles, 6 de agosto de 2014

Anagrama

Visto desde fuera
el corazón es un trozo de paraíso
carne arrancada a los dioses
después de hacer el amor
entuertos de mariposas buscando el horizonte
desierto humedecido con gotas de cristal

Es una isla que habitan
los que no alcanzaron cuerpo
usan la materia para moverse
en espirales de saliva
sus latidos custodian dos monjas coronadas
montes que sostienen el cielo
arropados por la piel

Sus latidos interpretan cartas
anagrama oculto en los espejos
y escribe sobre rocas
cartografías sacramentales del recuerdo
la voz es eco taciturno
terminado en los infiernos
abanico  en forma de manos
castigadas por el viento

Al despertar es huella de humo
en sonetos tirados sobre el barro
alma líquida que evapora
un quejido misterioso
un relámpago encantado
lenguaje de fanático
en la entraña de los celos
es selva encendida
por la fascinación de la trampa
corazón eres oleaje

en sueños de náufragos.

miércoles, 30 de julio de 2014

Por la ventana

Suele pasarme algunas veces que veo entrar por la puerta a seres conocidos hablando idiomas diferentes. Unas veces van tomados de las manos, otras apartándose de sí mismos para luego contarme historias al oído. Anoche, mientras en los audífonos escuchaba a Aaron Copland y George Gershwin. Sucumbí al movimiento de las manos para abrir la mochila, saque libreta y lápiz y comencé a estampar líneas en la hoja blanca.

Habría sido sencillo escribir si tuviera algo sensato en la cabeza pero no fue así. Me dejé llevar por los gritos del corazón agolpados como tambores preparándose para la guerra mientras un velo de recuerdos cubría el cuarto como fuegos de artificio. Eso y el lenguaje de las voces, taladraba más y más la cabeza como si al hacerlo inyectara un sedante a las elucubraciones que había dejado en la imaginación escuchar Salón México o la Rapsodia en Azul. Apenas si distinguía los balbuces de entre las cuales alcancé a escuchar una historia de hombres jugando a ser hombres y de visitaciones a lugares poco comunes. Trencé la historia a cada parte del cuerpo mientras amarraba la noche a las patas de la cama para que no volara sin control.

Para no aturdir al silencio y como no queriendo hacer un traje a la monotonía, abrí la ventana desde donde se contempla a la gente pasar antes de caer la lluvia. Vivo en el tercer piso de un edificio con vista a la tentación y la lujuria. Ahí frente a un hotel de paso que no por ser oasis carnal deja de tener sus encantos. Algunas veces se ilumina con luces de neón atrayendo parroquianos, obreros y oficinistas, vestidas y todo cuanto se mueva y coja, hasta aquellos quien sólo por no dejar caen en la noche, queman sus naves esperando encontrar “El Dorado”.

La acera de enfrente la ocupa el Metro, sus historias son bien conocidas, los andenes van copados donde se liberan verdaderas batallas por ganar el último centímetro disponible. Ahí se arriesga todo, incluso hasta lo que no se tiene. El Metro va y viene y aunque la línea sea azul, también se trasviste como las hermanas de la noche que lo ven pasar desde afuera mientras esperan cliente.

Siempre he creído que San Antonio Abad es una aduana o lo más parecido al límite de las necesidades corpóreas; es la entrada no oficial al Centro Histórico, al corazón mismo del caos donde cabe todo. Es la última oportunidad para ver la luz natural del día para quienes viajan desde el sur, la antesala al túnel donde todo es lo mismo bajo la ciudad. Después de todo, como reza la frase: “el amor termina pasando viaducto” así ha sido, así es y será para quienes vivimos al sur de la gran Tenochtitlán.
Pero otra vez regreso, abro la ventana y dejo escapar poco a poco al encierro para huir luego con él. Subo la persiana y me dejo ir como el polvo que por días ha comenzado a anidar ahí. Huyo de todo dialogo y desde lo alto veo como todo se mueve incluso los colores que bailan frente a mis ojos en vestidos embarrados en cuerpos artificiales y embadurnados hasta el último poro de la piel.

Para no aburrirme, recurro a diferentes oficios, leer un libro, escribir, tirarme a la cama mientras descubro en el techo cicatrices nuevas que se forman con la luz de la lámpara. Unas veces me da por ser melómano, otras por bailar y unas más, por ser aprendiz de juglar aunque la edad del divertimento en estos días se limite al cotilleo en redes sociales y a ritmos que poco entiendo. Sin embargo, recurro a esta treta cuando es necesario pretextando el encuentro con los otros y obvio así hacerme de más historias que contar. Recurro a la banalidad de dispensar el tiempo con el zapping de la televisión si no hay peor cosa por hacer, luego suena el teléfono y la paz se rompe, entra una llamada, o un mensaje de texto, sino el Face anuncia otro post menos interesante y la guerra por ser creativo y ganar más Likes se hace patente.

Reconozco que los jueves son los días que más disfruto siempre y cuando la lluvia no estropee los planes para platicar con el viento. Al salir a caminar pongo atención al rumor de las hojas que en contubernio con lámparas y esquinas siempre tienen cosas nuevas por chismorrear. Es difícil escuchar con atención en la ciudad, sino suena un claxon, un carro avanza y luego si te descuidas son mil, o la gente habla rompiendo toda armonía y se pierde la voz.

Aún puedo pretextar salir de casa con cualquier motivo y evitar el tedio o la mala compañía del roomie. Al caminar, entro a un museo o una tienda donde todos ven y nadie compra, es un juego que si sabes jugar te ayuda a mimetizarte en el anonimato entre discos, zapatos o ropa. A menudo como Fernando Vallejo entro a las iglesias a escuchar el silencio de Dios, luego salgo despavorido cuando comienza la liturgia y los pecados se expían, tengo miedo a perder los míos, exorcizarlos nunca, a mí me han costado mucho.

Al acabar el día y si la situación lo permite vuelvo a platicar con el celular, a escribir mini ficciones desde el WhatsApp y a hacer relaciones que duran un suspiro en la noche, ir al antro y liarme con alcohol de quien comienzo a ser su detractor. Al final, soy de ese tipo de personas que terminan literalmente bañados involuntariamente por otros cuando el in-pass de la fiesta dicta que todo ha terminado y el sudor hace una amalgama entre los cuerpos.

Al final, vuelvo a casa y entro a hurtadillas, no por ser respetuoso de quien ya duerme, sino para despistar a las voces que suelen acercarse a contar historias mientras cierro la ventana y la persiana cae más pronto que la noche.

viernes, 27 de junio de 2014

Je me souviens

En mi caso las sombras tienen la palabra; los días nublados como hoy le dan la razón. Si hacen mutis es porque se esconden bajo los zapatos y son humareda sin que nadie los detenga. Se conocen entre sí aunque no crucen palabra, hablan a contra luz, manejan la omnipresencia como don, son impredecibles, el movimiento es su regla.

He visto que caminan a hurtadillas sin levantar el polvo. Usan ropa transparente imitando al viento y se deshacen de sus prendas sin el menor aviso, no les importa la hora, ni el lugar son como aliento sin que nada los contenga, caprichosas figuras igual a las nubes.

Al finalizar octubre lucen robustas más que otros meses de forma que los focos en las calles palidecen junto a ellas. Son al mismo tiempo un vaso de cristal visto a través del agua. Soledad en medio de soledades cercanas.

Ayer por la tarde salieron, bajaron las escaleras de la casa y encontraron a la lluvia, iban de un lado a otro subiendo las aceras hasta perderse entre los árboles. Aunque no lo parezca son independientes del cuerpo y entran poco a poco a él a la hora de dormir. Sueñan con tener alas, ganar peso aunque el viento no las levante.

Ubican de memoria las calles por donde ha pasado el chico que me gusta. Reconocen las pisadas y adivinan el vestido que usará la noche, además, no se alarman si se va la luz. Las sombras son fluidos sobre pavimento, apologías del  cuerpo sin discurso, cortinas tendidas en escala de grises.

Pese a los años están ahí en la negación de lo corpóreo, no dan consejos, la sabiduría es sutil igual a su silencio.



martes, 8 de abril de 2014

Alguien hablará por nosotros
incluso el viento que es un brazo
la ventisca del día,
las plantas,
las rocas desnudas
viviendo una a pasible rebelión.  

El sol habrá de vernos
escalar las paredes
hasta convertirnos en esclavos
nos verá hacer hechizos
sacando el aguafuerte
que duerme en las arterias.

Algunos hablarán por nosotros, por ambos
lo harán la sombra,
la noche,
la melodía estrellada en el eco de la voz,
lo harán los que gritan entre dientes.

Pero alguien tendrá que vernos
tomados de la mano
sabiendo que nada les pertenece
habremos de arrullar al insomnio
robando a los chicos que nos gustan
por quienes tienen miedo

a la eficacia de los besos.

viernes, 21 de marzo de 2014

Quería probarme a mí mismo que los montones de hojas dormidas en el sofá de mi cuarto algún día cobrarían vida. Que serían algo más que navíos al llegar el verano o una flotilla de aviones cruzando el patio de la casa. Pensaba que tendrían que ser útiles para explicar el oficio de contar historias atrapadas en el grafito de los lápices, pero en ese momento, ahí estaban, papeles y más papeles amontonados uno sobre otro como las piedras de la barda del vecino.

Había también algunos recortes de revista, fotografías en blanco y negro y álbumes incompletos con estampas de cuando era niño. Cuando para acercarse a la mítica Alejandría y al sueño eterno de Babel, bastaba con cruzar la calle para llegar a la tiendita de la esquina donde vendían golosinas cuyo premio a la expedición era ganarse, con suerte, ilustraciones salidas de entre los empaques.

También estaban algunas libretas que sobrevivieron a las horas del recreo cuando su cuerpo dejo de ser rígido para convertirse en ergonómicos asientos, baldosas contra los charcos o improvisadas porterías de fútbol a defender por el equipo. En sus hojas estaba todo cuanto la memoria omite; fórmulas, figuras, tipografías básicas, invenciones del aburrimiento, recados amorosos y letras, todo mezclado cual crucigrama, eran versiones inconclusas de aquellos días y aquellos años.

Al cambiarlas del lugar, vi que escurrían de entre ellas gotas con historias como lo hace el hielo al salir el sol; eran rostros y horas andadas, corpus del sinsentido cuando caminar a solas por la calle de Madero era como contar un cuento al centro histórico, atreverse a las miradas colgadas del edificio de enfrente o soñar con los días imprevisibles sin consultar antes el estado del tiempo.

De aquellas hojas arranqué una para escribir una carta a mi abuela muerta. Tenía la esperanza que el polvo levantado enterrara de una vez por todas los huecos por donde se escapa la memoria. No sé si lo conseguí, ni si la hoja tuvo tiempo de oponer resistencia, lo cierto es que prefiero no retar su tranquilidad con arrebatos, después de todo, siguen siendo árboles cumpliendo la misión de dar oxigeno a otro tipo de necesidades.

martes, 4 de marzo de 2014

Date por enterado que tengo una colección de horas rotas bajo la lámpara de la esquina de tu casa convertida en la Alejandría de esta ciudad. Sábelo que las expediciones por buscar cuartos vacíos multiplicándose como peces los fines de semana encontraron asilo con tus amigos desde dentro de su cuerpo. Entérate que el cuaderno de notas que acompaña mi alforja no tiene números telefónicos nuevos con quien compartir tu ausencia. Asciende sin hacer ruido a las caricias sin que se enteren los demás. No des tiempo a la tarde de pintarse de oscuridad para volar en estallidos del corazón. Pero date por enterado; este oficio de escribir se vuelve en obsesión cuando salir a la calle es platicar con Dios mismo y encontrarse en la otra acera al diablo. Date por enterado que me fascina escuchar las anécdotas del aire platicando con los tulipanes que conspiran en la cintura de la calle. Lee ésta nota escrita en mi boca, está a punto de convertirse en beso. Hazla adivinanza como el disfraz de la niebla, pero date prisa y anótalo en el espejo.

lunes, 24 de febrero de 2014

Coincidentemente

Estas ahí
en los brazos de los ríos
que tienen como asilo un crucifijo de cristal
dentro de una burbuja a mitad del mar
a un lado de la cama
en los límites de la siguiente página
contando la mitología de las estrellas
como las lámparas de luz fugas
retorciendo con palabras
el pasado y el presente cortado con el filo de la espalda
en vocales germinadas  en papel
en el poema luminoso de luciérnagas
en los acertijos de la tarde
en las ciudades que levantan  los electrocardiogramas
en el puerto con salida al borde de los labios
en el remitente de oraciones cortas
en los corazones contritos de escritura táctil
en los laberintos de las huellas de las manos
en las hojas y en los alfabetos de los árboles
en el ovillo de hilo de Ariadna
en la bóveda celeste pintada de amarillo
en el trópico gélido de la aritmética
similar a la barrera de coral sin agua
en la llovizna furtiva del Sahara
en la sordera de la fe
en la arquitectura de los cuerpos
copulando a media alcoba
en la coreografía de las plantas 
en el sueño de la luz
en la rebeldía de los relojes que no se detienen
formas con siluetas la trampa del equinoccio
estas en la alforja de frases del poeta
en las mareas y las barcazas.

Al cerrarse las puertas de otros mundos
al fin de las lecturas en cenizas
al concluir la ronda de la luna
en los juegos de los niños
estarás ahí
en los suspiros y las frases rojas

en la sombra de esta prosa. 

martes, 11 de febrero de 2014

Por tu cumpleaños que es mio

Aunque éramos dos
no dejamos las nubes
ni dimos paso a la lluvia
fluimos en los veneros del sol
descarrilamos la luz en esteros de sal
cubos que atrapan a los niños en cristales
éramos dos esperando la noche
aunque hace tiempo
la sombra camina hecha plomo
éramos escudos cubriendo la ausencia
tal vez pudo ser otro el universo
y la metamorfosis la piel
el refugio donde reposan los escombros del amanecer
todos lo dicen entre líneas
éramos brisa del desierto
gotas de veneno pintadas de rocío
almas infectadas de oscuridad

éramos uno partido en dos.

martes, 4 de febrero de 2014

Aseveración sin excusa

Puedo ofrecerte 
aparte de guardar un sitio en primera fila 
dentro en el cuerpo, en los ríos y las venas 
y compartir lecciones para mirar al sol
para envejecer desde las manos 
contando historias tejida en hilos de madera 
en murmullos bajo la sombra 
flotando hasta donde la niebla

Quiero envenenar la piel para que otros mueran de sed
el oasis que forman las comisuras de los labios 
donde danzan versos y mariposas
desprender la ropa del cuerpo
como lo hace las escafandras de los peces
separando el agua en lienzos empapados
o la tarde al desaparecer la luz

Inventar un pretexto para hacer de tus manos
un nido de aves 
volando sobre la los bordes de la montaña 
esperando descifrar el laberinto de las manos
sin saber qué día estaremos juntos
sin hablar ni entender el lenguaje indeciso de la noche

Prometo hacer un agujero en la luna 
y navegar con facilidad en ella
atravesar la bóveda celeste
trazada en la simetría de tu piel 
mezclar el pensamiento del mundo
en fábulas contadas al amanecer 
en el firmamento escurrido de relojes 

Esto que digo es un espejo húmedo
en la boca aguamarina 
y aunque pienses que el fuego
surgió de la palabra 
en los muros sobrepuestos
estrangulando letras 
en baldosas sobre el vientre
en piedras carcomidas 
en plantas de lilas donde cuelgan estrellas

Prometo hacer tempestades
que no despierten al cielo
que no interrumpan el baile 
donde surge la negrísima geometría del cuerpo
ni hablar en monosílabos
o atrapar otros mundos 
que quieran soñar contigo.