viernes, 17 de abril de 2015

No me culparás Juana de Asbaje
que por la ronda viva un descaro
ni de atesorar en las alforjas pecado
e hilvanar en cada noche trémulo oleaje

Aparta de este mundo tentación malsana
retorcida como entuerto, como vicio
esculpe  el goce en fuego  de mañana
este desamor perdido en el oficio

Cuál es tu anatema monja jerónima
si no un desvarío malsano
que cimbra la sien y hasta la cisma
de impúdico  ardor que no es en vano

Abre tú, desde la celda el relicario
el laberinto de los besos sin tesoro
y guarda un silogismo y emisario
si arrepentirte puedes sin azoro

Desgarra el sexo con saliva y apetito
de mirtos y vírgenes sin hábito
quién eres  tú monja inaudita
incendiaria, mayoral contrita
voz de Lesbos en Nepantla
 hechicera de la letra, amante infinita.

Baste tu quietud por un instante
corazones con triste acento latían
baste mi mano entrelazada monja andante

de dos hombres amantes que espejo parecían.

lunes, 13 de abril de 2015

Beso

Creo en el beso como herramienta infalible de protesta social. Besar es dar sentido a la beligerancia y llevar en la cabeza una antorcha de luciérnagas y una corona que desgarra la sien. Besar es la narración simbólica del resto de la historia traducida sin grafías. Es apología primera de todos los tratados, excusa perfecta para reinventar el orden del mundo sin necesidad de tocar los mitos. Es el reconocimiento incendiario de los sentidos; acto subversivo por antonomasia por el que el corazón se sabe vivo. Es canon y concepto que trasgreden  la delgada línea entre labio y lengua, órganos que en ocasiones  ratifican  sin cortapisas la soledad la cual se rehúsa a cambiar de status. Es pues movimiento y origen del universo.

viernes, 13 de marzo de 2015

Apología en dosis pública

A últimas fechas me ha dado por dejar de lado la discusión, las interrogaciones y los puntos suspensivos. Me enervan las pláticas de barandilla y los juicios descendentes de quien cree tener la razón. Salgo corriendo de los vituperios y los abrazos fraternos que terminan estrellándose en la espalda como un antídoto para la complacencia.
Voy por la avenida despojando juicios y haciendo del discurso unívoco un collar que luce mejor combinado con una remera negra y unos jeans desgastados. La noche es a esa hora cualquier cosa y los discursos caprichos de leguleyos.
Pero resulta que regreso al mismo punto, a aborrecer estos años y todo cuanto suena a sermón, a las charlas de autoayuda o a dogmas diligentes que no expían nada porque no tienen poderes mágicos. Para qué escucharlos, mejor abro los apuntes y encuentro letras avejentadas, líneas de grafito apenas entendibles, recortes de revistas y recados de cuando lo que sobraba era tiempo, eso que si se sabe hacer termina convirtiéndose en virtud.
Voy cavilando antes de subirme al camión. Medito si eso de escribir en mis apuntes es al final un discurso casi Goebbeliano como otros tantos que he leído de buenos amigos. Lo tengo presente por un tiempo, pero no, lo mío es cualquier cosa con tal de ganarle espacio a la hoja en blanco para que no esté sola.
Luego de unas cuadras de arrastrar los pasos subo al transporte público y tengo curiosidad por terminar de leer mis apuntes pero algo me detiene. Algo cruza en mi cabeza, tan fugaz como los ojos del chico que me gusta y que acabo de ver ayer. Cierro los apuntes y los guardo en la maleta. Busco un asiento que me saque del ruido y del lupanar que es la ciudad a esa hora dentro del metrobús. Para entonces voy pendiente sólo del ringtone del celular que poco suena y cuando lo hace, es para recordar que son las 10 de la noche; la hora de Elisa, la hora wester blot, la hora perpetua que agranda como en mirilla de microscopio mi sangre y su tránsito caótico de virus más que el de Insurgentes a esa hora de la noche.
Vuelvo los ojos a la maleta, hurgo dentro de ella y ahí petrificado está un libro. Mi maleta es un estanque donde pueden navegar tres libros a la vez por si en la lectura uno deja de inspirarme y naufraga como barco de papel y al hundirse se desgajará el mundo en partes iguales.
Me doy cuenta que el metrobús no avanza, hay mucho tráfico y se ha formado un tapón en la bocacalle de Viaducto más enredado que un discurso de la izquierda en época de elecciones. Respiro metiendo a mis pulmones el poco aire fresco que queda; no lo logro, sólo meto más hacinamiento de la ciudad comprimida en cápsulas de transporte público. Otra vez trato de relajarme, vuelvo en mí y al hacerlo, me entero de la letanía de la vecina de viaje que cuenta a detalle a otra con peor cara de hartazgo que la mía.
Cuento cuatro, cinco minutos más mientras en la pantalla del camión aparece un poema con música nauseabunda de fondo. Debería prohibirse en esta ciudad que en los espacios convulsos como el metrobús hubiese como bálsamo al remedio cualquier intento sublime de arte que termine transformándose en infernal discurso.
El bus está que revienta. Frente a mí unos chicos van remendando los trozos de amor que les quedan aunque como uno de ellos advierte, “ya es demasiado tarde”. Los miro, todos callamos o hacemos que no sucede nada para que el tiempo avance.
10:15 pm mi cabeza va haciendo bolitas de papel el día y comienza a encestar en el bote de basura la última disertación del compromiso beligerante de la discrepancia y el activismo, ese que escuche en la última reyerta del club de los más progres, esos que autonombran la independencia de las ideas siempre y cuando les deje buenos dividendos.
30 minutos desde que comenzó la historia. El viaje por fin llegó a su fin. Subo cinco pisos más a fuerza que por voluntad. Una noche más, una jornada más y los pasos mi alforja pueden sentirse tranquilos; los discursos y alegatos han llegado a su destino.
Llego a casa y enciendo la luz, corro las cortinas haciendo ruido para que el silencio note que he llegado ya. Me tiro en la cama y saco un libro a medias de la maleta para proseguir la lectura. Después de todo adoro sentirme acompañado por mucha gente que no aturde y sólo habla de sus vidas a través de las palabras inertes que están impresas con tinta.
Pienso que he pasado la prueba una vez más. Tomo el frasco con las pastillas y como si comulgara en silencio con ellas la homilía del día llega a su fin sólo que no junto las manos ni me arrepiento de mis pecados me han costado mucho como para abortarlos así como así. Para qué, no soluciono nada, como nada resuelvo con mil y un charlas bizantinas que vienen y van con amigos o detractores.
La alarma vuelve a sonar, segunda llamada. Hago un alto para tragarme dos pastillas, dos fantasmas que viven haciendo revoluciones y me mantienen vivo son el ying y el yang. Mando al diablo las pasiones con todo lo que cuelga en ellas. Mañana volveré a discutir con la ciudad y la polifonía de sus voces.

sábado, 14 de febrero de 2015

Supongamos que hablo de ti
y que al hacerlo
doy pasos cortos como en un estero
que apago de un solo tajo el chasquido de tus labios
y de paso
borro el rastro táctil de tus manos

Sabes de sobra que corto en pedazos la noche
esperando un día iluminar otra vez la oscuridad
y que esparzo en la alfombra cualquier pretexto
sin dejar espacio para otro cuerpo
no miento si te digo
que tiendo la ropa sobre la cama
por si tú al volver
mudaras tu cuerpo en con el viento
hasta dejarlo desnudo

También es cierto que sigo poniendo velas
sobre la mesa
y espanto al sueño los viernes por la noche
como si al hacerlo
abrieran las alas como mariposa
y rodeara la sala en espiral
pero en los ojos descubro paredes blancas
 manos vacías  
viejas palabras que son más de lo mismo
extrañas guaridas al besar a otros

Supongamos que no nos hacemos viejos
y a menudo en el espejo
vemos correr una cinta donde los subtítulos huelen a tu piel
pero dime
cómo es que hace tiempo escapamos del mundo
si para volver a creer
es preciso  dejar de hablar de ambos
ahora pensemos por cinco minutos
como guardar en otros labios el horizonte

Crucemos las manos para que nadie me halle culpable
por decir lo que pienso
no me juzgues
no  digas que distintos amaneceres
brillan mejor al cubrir el cuerpo con la sábana
pero antes de escoger entre el olvido y la memoria
prefiero tener insomnio
y librar más batallas con la almohada
a volver a amanecer entre tu cuerpo.

viernes, 7 de noviembre de 2014

+ poesía - policía

Llegué tarde a la cita. El trabajo en la oficina no espera y los pendientes carcomen más que las baldosas a las suela de los zapatos un medio día de mayo. A los manifestantes los encontré marchando en la calle de Tacuba aunque la avanzada tenía una hora  más o menos de haber llegado al zócalo. Quedé con Rocco y Aldo que nos veríamos en la puerta de Bellas Artes para caminar juntos por en repudio a lo sucedido en Ayotzinapa, pero ya era inútil, la hora pactada había pasado y por más que marqué a su celulares la misión encuentro era imposible.

Me detuve un rato en la acera por donde salí del metro. Entre el estrépito por la hora y lo sofocante de la chamarra, los poros de mi cuerpo daban testimonio que momentos antes, en el vagón, de la línea 2 era un infierno de calores y malos humores. No era tarde pero a esa hora el sol se había marchado. En un instante recorrió  por mi cabeza un halo de temor, coraje y rabia. Debo decirlo,  estaba atónito. Quería estar con mis amigos pero no podía moverme. No era capaz de perderme el festín de rabia y dolor que en aquel amasijo de gente se movía por la calle.

Seguí subido un instante en la banqueta mientras mis ojos presenciaban el tránsito de personas alzando pancartas, ondeaban banderas, se tomaban de las manos como una cadena de barco que se ancla en el agua. Eran chicos y grandes,  hombres y mujeres que en conjunto transpiran una suerte de indignación por lo que sucede en el país. Sus gritos eran fuertes, más por el coraje y la indiferencia de un Estado indolente que ha hecho caso omiso a los agraviados. Sus gritos eran roncos por tanto esfuerzo de pasar la tarde acallando al silencio. Algunos, los más precavidos, bebían aguan para continuar con la encomienda. El objetivo era salir a la calle y hacer del 43 el nuevo símbolo que se suma a los números ya icónicos 68 y 71 que forman parte de la memoria dolorosa de este país.

Eran las 7:20 de la tarde y frente a mí paso de largo un contingente de la ENAH tocando música de tambores. Iban improvisando de una forma u otra una égloga salida de sus adentros. Su sonido agudo, seco, igual al latido del corazón que está listo para lo que venga. El grupo enarbolaban la bandera de la victoria, la bandera xoxouhqui verde azul o azul turquesa que llevara consigo Cuitlahuac la noche de la victoria contra los españoles. Sólo que esta vez no era una noche de fiesta por sacar al enemigo. Esta vez era el presagio de la desnudez del gobierno que toma represalias  contra los estudiantes. Esta vez, esta marcha era la continuación de un canto mortuorio por la dignidad que aún late en la vieja y nueva calzada de Tacuba.

Paso tras paso, uno a uno nada en la vida es casual, todo sucede resultado de algo. Es una concatenación de agravios desde que parió la patria. De momento no alcancé a entender que ya estaba ahí, que había llegado también  por dolor aunque en nada comparado con el que sienten los padres de los normalistas desaparecidos. Aunque el mío también es dolor, dolor por presenciar el desmantelamiento de la tierra sin poder hacer otra cosa que inconformarme. No puedo ser indiferente o cómplice ante lo que sucede, mi razón me obligaba por simple moral a estar ahí y entregar una flor en girones que en ese momento era mi corazón. Después de todo, seguimos teniendo derecho a pronunciarnos en contra de este baño de sangre que no tiene fin.

Tenía claro que era una marcha, pero no de esas que nos asfixian en esta ciudad. No era una marcha salida desde el escritorio, era una ola de protesta con lenguaje propio, con nombres y apellidos, con fosas clandestinas y desapariciones forzadas, con daños colaterales y con estadísticas en el obituario grotesco en que se ha convertido México.

Mientras miraba, una chica lanzó un beso al aire y al alcanzarlo se acercó a mí para decir: ¿Qué esperas? no mires solamente. Esto es asunto de todos” dijo.

Me sentí desenterrado, como si fuera cómplice o autista. Sin pensarlo más, decidí dejar a Rocco y Aldo por la paz navegando en alguna parte del mar de gente en que se había convertido el primer cuadro de la ciudad. Con un movimiento rápido, la chica de la ENAH compartió la mitad de su cartulina blanca ya para entonces medio doblada por tanto ajetreo. Era un pedazo amorfo de papel donde se leía la frase: “Si nos callamos, lo aceptamos”.

Debo confesar que las marchas no me son ajenas. Que salir y gritar no es mi estilo, que prefiero otro tipo de acciones antes que dejarme llevar por la marea. Sin embargo, este es un asunto que nos mantiene en vilo. Por un momento vi la película ante mis ojos de cuando he andado en medio de las marchas, de cuantas veces he tenido que salir a ser políticamente incorrecto y despedazar el qué dirán.

No niego que los sueños comienzan a ver la luz en tanto pasan los años. A veces, y no en vano, con el paso del tiempo, las ganas se van haciendo como la fe de una prostituta donde la hora de la redención se aleja y los pecados se vuelven predecibles.  

Pero caminé, debía hacerlo. Lo hice sólo unas cuadras hasta que por fin llegamos a la plancha de concreto, al corazón político de México, al alma variopinta de nuestros triunfos y derroteros. Después de todo como lo advirtiera Monsi “Quién no se siente grande al entrar al zócalo”. Llegamos ahí ya a oscuras, apenas alumbrados por las luces de catedral y los edificios que circundan la vieja Tenochtitlán. Caminamos lento con un paso casi funeral. La plaza estaba llena; no supe en qué momento el contingente se transformó en masa, en una hidra de mil cabezas que seguían acompañándose desde el anonimato.

Me di cuenta que volvía a la contemplación de los muchos Méxicos cuando con otro beso, esta vez recibido en mi mejilla, la chica se despidió no sin antes decir:
-Nosotros nos quedamos aquí- En tanto, las miradas lascivas y risillas entre dientes de sus amigos hacían evidente el arrebato por ese encuentro que tiene de casual lo mismo que de inocente.

-Aquí  nos quedamos- volvió a decir ella mientras me perdía entre empellones de otras personas que se movían para alcanzar el mejor lugar en el mitin. Las banderas seguían moviéndose, las escuelas se entremezclaban y los que íbamos sin matrícula universitaria ya, como en mi caso, también nos multiplicábamos como panes y peces en cuaresma.

Avancé hasta donde me fue posible; unos 50 metros del estrado. Contemplé a mí alrededor la mixtura que hace rica la lid del enojo colectivo. Sin darme cuenta, tras de mí una bandera arcoíris se alzaba dejando en claro que lo diverso también  tiene motivos para no callarse. A esa hora amigos, compañeros y desconocidos no cesaban, eran un grito atorado que por fin salía en voz estridente del ¡Ya basta!

Frente a mí unos chicos escuchaban las proclamas tomados de la mano. Hacían la afrenta a los demás tras sellar los discursos con un beso en la boca. Se  distinguían de los otros no por sus afectos sino por sus playeras ajustadas y porque en sus  cuerpos famélicos tenían pintadas la bandera arcoíris con el águila y la serpiente enlutada con un listón negro. Eran de una vocacional, lo supe luego cuando al arreciar el frio se pusieron unas batas blancas con el logo del Poli en un costado de su hombros.

Los mensajes y pronunciamientos iban avanzados. Escuché uno a uno hasta que terminaron todos. La plaza estaba tomada por halo de indignación. Al finalizar, los accesos volvieron como aquellas viejas acequias a fluir, sólo que esta vez, no era agua lo que manaba, eran pasos apresurados  para alcanzar la salida y para alimentar  momentos después el caos del regreso a casa.

Caminé hasta Bellas Artes por Madero. Hice un alto en las jardineras del palacio de mármol y ahí como con un barrido de luz en fotografía, pasaba la gente a mí alrededor. Voltee la cabeza y al fijar la mirada ahí estaba otra vez la chica junto a  otro que había marchado. Sonrieron ambos mientras sus pasos lerdos volvían a reencontrarnos. La chica se despidió  de él y de mí nuevamente con un beso, no sin antes advertir la sorpresa por la coincidencia. –Los dejo solos chicos- dijo al marcharse.

Es curioso, nunca supe que él venía junto a nosotros mientras entrabamos al zócalo en el contingente de la ENAH. Lo confesó cuando cruzamos palabras. Él estudia en la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello y al igual que yo, se perdió buscando a sus amigos y ante la avanzada se incorporó a este  contingente.

No es casualidad la vida, es un ramo de sorpresas. Él tienes por apellido Alas y lo más cercano a volar es que es bailarín. La charla se extendió un buen rato. Conversamos tanto que parece nos conociéramos desde antes. Como cuando dos buenos amigos se reencuentra y se ponen al día de lo que les ha sucedido.


Nunca imaginé que al finalizar la manifestación por Ayotzinapa, el miércoles pasado, trajera consigo otras formas de poner a prueba los sentidos. Después de todo, sentir, también es una forma de protestar si agredir a nadie con la intención unívoca de provocar un golpe de estado al corazón.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Por los desaparecidos

Esta es la historia de una izquierda agónica, de una derecha obscena y del oficialismo de Los Pinos putrefacto. Ellos, los ungidos por el poder mediáticamente soberano, siguen pretendiendo alcanzar indulgencia para expiarse de culpas, pero hace tiempo dejaron de ser partidos representativos.

En este caso, la renuncia pide su renuncia antes de aparecer en una selfie en Iguala o redimir en hashtag la bendición del oportunismo desmesurado en cadena nacional.

En México al silencio se lo comen los gusanos en fosas clandestinas con formas caprichosas de la República mexicana. En tanto, el reloj sigue su marcha salpicado a cada minuto sangre si dar tregua a los curiosos y a las instituciones en todos los puntos de la geografía patria.

Un día más, una hora más, otro expediente más y mientras, todos hacen antesala sin encontrar la salida. El rompecabezas de la historia usa palabras de burócratas jugando al ping pong y los noticiarios empeñan el escándalo en tanto reciben otra orden.

Nada, aún nadie es culpable. Nadie tras las rejas, nadie purga la condena más que social todos son presuntos liberados de una borrachera que terminó  en trifulca partidista desde la alternancia.

Aquí en medio del charco (de sangre) hay una isla de impunidad donde todos tienen acceso preferencial  a meses con intereses.

 Dónde buscar, todo está sobre la tierra. A caso la dignidad del pueblo también necesita de la inversión extranjera para hacer perforaciones en aguas profundas, o los ecos de las escuelas y universidades se intercalan como cortinillas en el prime time mientras no haya cosa menos trascendente que agotar.

No nos perturbemos, las montañas suelen confundir, no son sólo rocas, son cuerpos apilados cubiertos por tierra en el mejor de los casos. Sueño desollados de jóvenes que jamás han importado. No son trascendentes, no fotografían bien para la telenovela de las 9 de la noche.

Que vayan todos a sus casas, dicen, “aquí no pasa nada”. Qué más da si aparecen otras fosas, esos cuerpos también pasarán lista en pocos años al olvido, se irán sumando a la cadena de agravios  de la historia negra que un día la noche habrá de cubrir, serán estadística del país trasexenal y del progreso económico de un país que se mueve.

El eco suena en calles y plazas va tomando forma como tratando de unir los cuerpos mutilados, las familias desunidas, los cuerpos humillados por la banda tricolor. Habrá otro día para la marcha, la pancarta al aire, gesticulaciones del enfado.  Habrá otro día para la dignidad y el repudio y saldrá una vez más a tomar el zócalo. Allá no muy lejos,  gobierno, sociedad, partidocracia darán rienda suelta a la censura aliviando paraísos porque  ante la duda de los vivos habrá otros tantos que estarán muertos  y habrá otros que por los muertos seguirán jugando volados  para seguir  por dignidad vivos.

martes, 2 de septiembre de 2014

Para salir despacio

 Habría que vaciarse desde dentro
colgar las venas en una enredadera
y dejar escurrir la tinta ocre
desmontar los muros
tender sobre sus ruinas un columpio
hasta que una estrella fugaz extinguiera el viento

Cualquiera creería que el diablo
pintó con sangre el centro de la tierra
que Dios se equivocó
convirtiendo la desnudez en armadura
y no extrañaría que los ojos fueran el último testimonio
de que alguna vez fuimos el mar

A lo lejos escucho decir que eres otro
como el eco profundo atraviesa las entrañas
pero el mundo que no acaba si apago la luz
si del sonido destierro las palabras
deseo salir de tu boca cientos de veces
salpicar al fantasma humedecido por un beso
y ordenar la catástrofe descifrada en tiras de papel

Puedo escribir unas líneas en duermevela
advertir que tu espalda es el comienzo del universo
la sinfonía táctil que evangeliza a los ciegos
o la travesía que siguen los pájaros
en catarsis de sueños  
me gustaría ir en sus alas
alejarme en el viento  
tú me invitas a dejarlo todo
a escuchar el eco en el fondo de tu pecho
sortear a contraluz  la diáspora suave de los sentidos

Debo proscribir la vendimia del corazón
las ofertas temporales que anuncian libros de poesía
las noches con aguatinta
y las cartas escritas sin que lo sepas
comienzo a derretir el témpano de miedo
cada vez que te marchas
conjuro en llanto los infiernos

Sigamos a las horas en espiral desde dentro
juguemos a tocarnos con la lluvia vestida de largo
y cubramos el dolor de los huesos quebradisos
caminemos descalzos
como si al acariciar la tierra adivináramos  
qué diablos esconde la poesía
despidámonos un martes
desconozco qué hacen mis dedos
si al huir de los tuyos comienzo a quedarme quieto.