Quería probarme a mí mismo que los montones de hojas dormidas en el sofá de mi cuarto algún día cobrarían vida. Que serían algo más que navíos al llegar el verano o una flotilla de aviones cruzando el patio de la casa. Pensaba que tendrían que ser útiles para explicar el oficio de contar historias atrapadas en el grafito de los lápices, pero en ese momento, ahí estaban, papeles y más papeles amontonados uno sobre otro como las piedras de la barda del vecino.
Había también algunos recortes de revista, fotografías en blanco y negro y álbumes incompletos con estampas de cuando era niño. Cuando para acercarse a la mítica Alejandría y al sueño eterno de Babel, bastaba con cruzar la calle para llegar a la tiendita de la esquina donde vendían golosinas cuyo premio a la expedición era ganarse, con suerte, ilustraciones salidas de entre los empaques.
También estaban algunas libretas que sobrevivieron a las horas del recreo cuando su cuerpo dejo de ser rígido para convertirse en ergonómicos asientos, baldosas contra los charcos o improvisadas porterías de fútbol a defender por el equipo. En sus hojas estaba todo cuanto la memoria omite; fórmulas, figuras, tipografías básicas, invenciones del aburrimiento, recados amorosos y letras, todo mezclado cual crucigrama, eran versiones inconclusas de aquellos días y aquellos años.
Al cambiarlas del lugar, vi que escurrían de entre ellas gotas con historias como lo hace el hielo al salir el sol; eran rostros y horas andadas, corpus del sinsentido cuando caminar a solas por la calle de Madero era como contar un cuento al centro histórico, atreverse a las miradas colgadas del edificio de enfrente o soñar con los días imprevisibles sin consultar antes el estado del tiempo.
De aquellas hojas arranqué una para escribir una carta a mi abuela muerta. Tenía la esperanza que el polvo levantado enterrara de una vez por todas los huecos por donde se escapa la memoria. No sé si lo conseguí, ni si la hoja tuvo tiempo de oponer resistencia, lo cierto es que prefiero no retar su tranquilidad con arrebatos, después de todo, siguen siendo árboles cumpliendo la misión de dar oxigeno a otro tipo de necesidades.
viernes, 21 de marzo de 2014
martes, 4 de marzo de 2014
Date por enterado que tengo una colección de horas rotas bajo la lámpara de la esquina de tu casa convertida en la Alejandría de esta ciudad. Sábelo que las expediciones por buscar cuartos vacíos multiplicándose como peces los fines de semana encontraron asilo con tus amigos desde dentro de su cuerpo. Entérate que el cuaderno de notas que acompaña mi alforja no tiene números telefónicos nuevos con quien compartir tu ausencia. Asciende sin hacer ruido a las caricias sin que se enteren los demás. No des tiempo a la tarde de pintarse de oscuridad para volar en estallidos del corazón. Pero date por enterado; este oficio de escribir se vuelve en obsesión cuando salir a la calle es platicar con Dios mismo y encontrarse en la otra acera al diablo. Date por enterado que me fascina escuchar las anécdotas del aire platicando con los tulipanes que conspiran en la cintura de la calle. Lee ésta nota escrita en mi boca, está a punto de convertirse en beso. Hazla adivinanza como el disfraz de la niebla, pero date prisa y anótalo en el espejo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)