viernes, 26 de abril de 2013


Condimentando historias, letras y gastronomía

el recetario de lectococina


Las letras y la gastronomía se encuentran develando sus misterios. En cada cucharada, en cada hervor, habrá quien condimente las recetas con libros y palabras y encuentre a los alquimistas del paladar dentro de las ollas.

Debo confesar que hablar de cocina y letras me remite indiscutiblemente al origen, a mis primeros días de vida, al primer sabor, a los sentidos, a descubrir con el olfato, el tacto, el oído, la vista y el gusto un invento casi mitológico fundacional de las civilizaciones del mundo, la cocina. Para degustarla me he dado a la tarea de abrir la caja de pandora donde habitan todos los placeres terrenales, y es que, quién puede resistirse a no caer en la tentación de destapar, pasado el medio día, una olla con un estofado bien caliente servido con paciencia y preparado con amor, ese es el condimento clave.

También, debo confesar que la idea más original de la cocina la aprendí al calor del fogón, cuando mi abuela preparaba la comida para ocasiones especiales, esa cuando se mezclaban risotadas, música, abrazos y la sal, siempre la sal descubrimiento que permitió el avance de los pueblos y que permitió a los sabores  redefinir  los paladares, crear un propio lenguaje dicotómico y polarizante, lo dulce y lo salado.

Puedo decir que en el principio fue el fuego, después la sazón. La literatura y la cocina no están disociadas una de la otra, han ido a la par, una para alimenta al intelecto y la otra al cuerpo. La sola idea de los olores y las formas, las texturas y los nombres puede ser equiparable a un diccionario escrito y degustado por quienes hacen del sabor la química de la materia.

No es necesario un plato ni un pedazo de hoja de elote para advertir que en el principio el hombre surgió de una planta de maíz, hizo sus huesos con  espigas y aprendió de las semillas la idea racional de su existencia, le dio luego por caminar entre los surcos y distinguir los colores en el matrimonio casi inmediato de la forma y la textura, así se inventó el mundo, así en Mesoamérica y en recuerdo de ese evento fortuito, cada que se come un grano de maíz revivimos el suceso escribiendo el génesis en una tortilla.

Cundo pruebo en el viento, el aroma del ajonjolí tostado o las especias salidas a veces por serendipia de un costal de imaginación que solamente a las abuelas les  ha sido conferido para preservar las recetas y secretos milenarios de generación en generación. Recuerdo una cocina repleta de utensilios y humo a su alrededor imitando el paraíso en medio de las nubes. Quién diría que en su espesa niebla se conjugan la magia y el oficio y por añadidura, las letras salpimentadas con recuerdos de fines de semana.

La cocina es también el Macondo donde se esconden los dioses de los sabores, la cocoa o las ramas de hierbas de olor para enjugar en el tiempo los recuerdos inagotables que una vez soñaran nuestros padres allende la creación. Es el lugar predilecto de lo exótico y lo sensual. No hay cocinera o cocinero que no sienta al mezclar los sabores una suerte de orgasmo similar a la comunión de los sexos. Todo empieza por la vista, por el tacto y termina en los labios igual que lo hace un amante al  dar un beso a su pareja cuando se encuentran.

El oficio de cocinar tuvo que ser obra de poetas, de arquitectos de la proporción exacta o de soñadores de expresiones que hastiados de la nada se atrevieron no a descubrir la piedra filosofal sino el sustento de los días en el gesto del paladar. He ahí donde las letras y los hacedores de delicias tejen sus relaciones, no hay creador sin platillo ni idea sin expresión. En el principio fue el verbo y en el verbo alimentar la apología de las fondas, merenderos, restaurantes y del exquisito gourmet que es la vida como la conocemos.

Quien escribe unas líneas también sazona historias, las adereza, les da forma, las hace estéticas y provocadoras, y es responsable del placer sensual y contestatario del bocado, es a un tiempo, inventor y protagonista en la obra y en la mesa, es el guardián de los colores y sabores, una suerte de Quijote combatiendo a los sin sabores de cada cuento.

He sabido de buena fuente que hombres y mujeres al narrar historias en libros, prosas y ensayos justifican parte de su obra remitiéndose al menos, a un pasaje de la lírica en la cocina, si recordar es por antonomasia vivir, preparar alimentos y bebidas es hacer de la imaginación un mod gourmet. Y es que todo inicia ahí, la cocina ese el laboratorio donde se inauguran las galaxias servidas en viandas,  es la definición perfecta para comprender  como conjugar  el tiempo ser y estar en el lenguaje de los alimentos. No hay mejor forma de comprender el pasado, de recordar un momento, un encuentro o en el peor de los casos, un desencuentro, sin la idea de la comida. 

Degustar y escribir es un ejercicio que sólo a unos cuantos les ha suido permitido, y como no reconocer en los guisos y las moliendas la gesta de la celebración de la vida. Las bien acabadas obras de una cocina tradicional la que se sirven en las fiestas de los pueblos como justificación de la existencia colectiva o el hambre de un viajero devorando las exquisiteces de la calle que es en sí mismo el festín de la desesperanza y la supervivencia.

Quién no se siente atraído con los Chiles en Nogada no por los colores de la bandera nacional que es más que la querencia de la patria sino por la mezcla criolla de lo mexicano y no entenderá por ende que en cada taco se come un pedazo de historia y revive en el bocado la angustia acuciosa por la libertad. ¿Quién no siente poseedor del don de mando al paladear un mezcal o tequila? y acompañándolo con chapulines y gusanos de maguey tan valorados en la cuisine française. ¿Quién podría sacar de la memoria al beber un chileatole y no recordar un día nublado de temporal en el altiplano? o  quién en su sano juicio, renegaría del  Molli o mole, el molido mitológico de especias, chiles, condimentos y leyendas y no sentirse grande, no sentirse mexicano.

Las recetas se aderezan de historias y todas las historias se cuecen aparte.  En el ejercicio de la creación, escribir, leer y cocinar termina siendo lo mismo. Al final se alimenta el cuerpo y el alma. Cuando escucho un poema le doy un bocadillo a mi alma, cuando cocino, leo el mapa imaginario de las geografías de los sabores y la extensión volátil de los aromas.

Sé que las historias son sabrosas si las escucho y cuezo al calor de una buena charla, si las presento como aperitivos con la sonrisa de mis amigos y si antes de sentarme a la mesa cierro las páginas de mi bitácora de día para darle un bocado a mi pareja con un beso.

Siempre que escucho cocina, regreso de todos los viajes, vuelvo al recuerdo de mis viejos, a los objetos  en el patio de la casa, a la memoria de mi época de infante porque el alma vive dentro en el crisol de las cazuelas y el espíritu de los trastes y en el movimiento eterno de las molenderas, en el comal de mi abuela, en el crujir del molcajete y el metate piedras filosofales de este mi país.

No estaría aquí si estuviera solo, si no fuésemos ustedes y yo  un poco similares, si entre el oficio de escribir e imaginar sabores no tuviéramos como nación la geografía de una mesa, sino fuésemos un poco similares, seguramente sus manos y las mías estarían haciendo lo que la poesía a un no ha escrito.

Y como dirían los estridentistas en su manifiesto ¡Viva el Mole de Guajolote!














miércoles, 24 de abril de 2013

No sé lo que es
no quiero discutirlo
tal vez es amor
siempre amor
luz pasando la cortina de los ojos
intrigante como una hoja en otoño
temporal que rebustece la razón de la ceguera
sopla sobre el agua
el murmullo de los peces
cómplices eternos del llanto
la brizna apenas perceptible que dibuja la piel
no entiendo el aliento de los pájaros
siempre a tu manera perturbas al mundo
abriendo los brazos
escribes en los labios la fe y el fuego 
no sé quién eres 
ni importa 
si las aves tiran de lo alto sus historias 
para amortiguar la caída
no quiero dialogar 
ni saber cómo la luz  filtra el aura
no eres amor siete días en uno
no quiero discutirlo
si el viento se apodera de ambos  
de dos que corren juntando el alma


miércoles, 3 de abril de 2013

Alguien dijo que eras hombre
casi un niño invadido de futuro
como un remolino de saliva
desenterrado de la mar 
descubierto en cada encuentro 
ardiendo en la prosa de las flores
juegas ser asteroide por la tarde
antes de ser un jardín 
antes que te atrapen otros con sus ojos de montañas
explica qué somos esta mañana
en la multiplicación de los deseos
tal vez si anudo con tus labios
la arquitectura de la soledad de las luciérnagas 
o coagule la ceguera de los párpados
de aguamarina y niebla
alguien diga con más fuerza
que nos pertenecemos 
sin tener miedo a la fe
quiero lo sepas ya.

A quien escribe la contra parte...

martes, 2 de abril de 2013


A veces cuando sueño
abandono la naturaleza de tu cuerpo
para guardar el conjuro de la infancia
en un campo de algodones
y el primitivo sonido del agua
ahuyento los colores para salvar la oscuridad
y las oraciones que guardan  bajo el brazo los ancianos  
sueño que eres copia hecha copia de la sombra
y sol adormilado en la cama
a veces eres danza en otro cuerpo
desafío del vacío
y rostro pintado con humo
un juego de luz en la ventana
cuando cierro las cortinas
salen siluetas que forman
las revelaciones de la tarde
aves volando en círculos
enseñando que los solitarios
ocultan toda intuición en las palabras