Este acto subversivo que sale
de mis labios, que no tiene freno y sube al punto más alto de la palabra es un pacto
poético de soledad. Esta forma inacabada de decir que existo, de romper la
complacencia, de acabar con el enfado y las buenas costumbres es un pasatiempo
que cruza la avenida de la indecencia y el escándalo del ego. Esa manía tan mía
de caminar bajo la banqueta a diferencia de los arbustos y la pasividad de las
lámparas arruina el escenario del transeúnte que busca lo que no que no
encuentra porque está ciego, porque está conforme.
Esa patología indecente de
estar desnudo de ideas se vuelve una tormenta en los bordes de la lengua, esa
forma de verme, de entender que la lucha es inefable, intransferible y pueril
carcome mi cerebro. Eso de saber que no termino ni comienzo a entender el mundo
escribiendo prosas en la proa de barcos de papel comienza a dejar secuelas
grabes en la memoria, eso de ser una ave que no pide permiso al viento para
volar, eso de saberme frágil y traslúcido irrita hasta la luz que a veces opaca
el sol mandando nubes para ganar tiempo, no quiero permiso por ser diferente
porque no quiero pedirlo, porque nadie es autoridad aún en el propio cuerpo incluso
cuando se vive rodeado de vacío.
Estas letras salpicadas de
giros, ruborizada por los acentos, por esdrújulas y disonantes formas, por
arquetipos y diminutivos, por ensayos y disertaciones, por tesis y
suposiciones, por nomenclaturas y fórmulas, por calificativos y sublimaciones, por caligrafías y motes son
el escondrijo del que escribe y una
afrenta a la libertad.
Eso de salir a la calle,
vestirse de noche con la más ajustada
ropa que incluso estorba cuando se esta a punto de quedar desnudo es una
provocación a la tentación de los muchos que sienten en cada mirada convertirse
más en estatuas de sal porque son deseo y tentaciones.
Estas palabras y maneras de
salir de casa, de caminar, de vestirse y desvestirse, esta forma de mezclar
colores en el negro del cuerpo y en el rojo infectado que corre por mis venas,
esta filantropía de dar bendiciones a los peces hasta hablar en su propio
idioma eleva al grado de angustia lo que las olas no han podido entender en el
océano.
Esta simulación de no pasa
nada, del orden, de la adherencia, de complacencia, de simpatía y el activismo.
Esta idea reducida a ser un grupo reivindicado, dignificante, de apoyo, de
fortaleza de papel es la hidra que tiene mil cabezas y una lengua en forma de
delta que no da agua sólo piedras. Este rojo pintado de sangre es un veneno a
las 10 de la noche, hora en que en que aparecen dos fantasmas a consolar el
cuerpo vestidos en píldoras.
Estas líneas desgastadas por
los años, pasajes mil veces pisados, hojas arrancadas de los dedos de los árboles
y ensimismados en los sueños de super héroes de historietas, son remolinos de
arena que envuelven la luz hasta el umbral, hasta que la forma de los cuerpos
es una arquitectura invertida que empieza en los cimientos del cielo.
Esta es una forma de morirse
poco, en cada beso, en cada sonrisa, en cada sueño apaciguado en la desnudez del
cuarto la siguiente mañana; es crucigrama que se lee al revés para agotar el
tiempo, para ver la vida pasar mientras la duda es argumento de la soledad.
Esta voz es un intento que está ahora escrito en la piel.
A menos que fuera necesario
terminaría por escribir una carta a los poetas para que dejasen de soñar,
pondría tinta en las alas de las mariposas para que al volar pintaran otros
mundos, traería del patio de tu casa racimos de algodones para guardarlos bajo
la almohada y que las ideas no durmieran al ras de los cuadernos. Haría una
fiesta iluminada por luciérnagas donde la música del viento soplara en
dirección contraria a los suspiros, a los tonos disidentes de los amantes y a los ruidos extraños que provoca el viento
sobre el campo.
Saltaría de la cama antes que volvieran
los recuerdos amarrados a las plumas de palomas y las caricias de los
enamorados se fundieran como piedras en el manto de la tierra o haría que aparecieras
como la última noche que te vi junto a la ventana fumando un cigarrillo;
evitaría oírte, tomaría distancia entre la anécdota y la suposición que son al
final del día un crucigrama pintado en blanco.
Descubriría el camino que
siguen los meteoros antes de viajar al firmamento, donde la luz se escurre
hasta volverse oscura. De ser posible, sería el fuego que abraza las rocas en
el centro de la tierra, o una migaja abandonada en la creación del mundo,
esperaría desde la aurora brotara el
pasto donde se enamoran los novios y bailan las flores.
A menos que nada existiese,
que la idea del cuerpo terminara o se manchara con sombras hasta hacerse el
amor en un día soleado y fuéramos un lenguaje distinto al nuestro, entraría en
un cuerpo hasta que el rojo de la sangre humedeciera el desierto de otro cuerpo.
A menos que fuera necesario,
sería como una letra impresa en hojas secas y viajaría hasta el atlántico para abrazar al agua.