En mi caso las sombras tienen la palabra; los
días nublados como hoy le dan la razón. Si hacen mutis es porque se esconden bajo
los zapatos y son humareda sin que nadie los detenga. Se conocen entre sí aunque
no crucen palabra, hablan a contra luz, manejan la omnipresencia como don, son impredecibles,
el movimiento es su regla.
He visto que caminan a hurtadillas sin
levantar el polvo. Usan ropa transparente imitando al viento y se deshacen de
sus prendas sin el menor aviso, no les importa la hora, ni el lugar son como
aliento sin que nada los contenga, caprichosas figuras igual a las nubes.
Al finalizar octubre lucen robustas más que
otros meses de forma que los focos en las calles palidecen junto a ellas. Son
al mismo tiempo un vaso de cristal visto a través del agua. Soledad en medio de
soledades cercanas.
Ayer por la tarde salieron, bajaron las
escaleras de la casa y encontraron a la lluvia, iban de un lado a otro subiendo
las aceras hasta perderse entre los árboles. Aunque no lo parezca son
independientes del cuerpo y entran poco a poco a él a la hora de dormir. Sueñan
con tener alas, ganar peso aunque el viento no las levante.
Ubican de memoria las calles por donde ha
pasado el chico que me gusta. Reconocen las pisadas y adivinan el vestido que
usará la noche, además, no se alarman si se va la luz. Las sombras son fluidos
sobre pavimento, apologías del cuerpo
sin discurso, cortinas tendidas en escala de grises.
Pese a los años están ahí en la negación de
lo corpóreo, no dan consejos, la sabiduría es sutil igual a su silencio.