Quería probarme a mí mismo que los montones de hojas dormidas en el sofá de mi cuarto algún día cobrarían vida. Que serían algo más que navíos al llegar el verano o una flotilla de aviones cruzando el patio de la casa. Pensaba que tendrían que ser útiles para explicar el oficio de contar historias atrapadas en el grafito de los lápices, pero en ese momento, ahí estaban, papeles y más papeles amontonados uno sobre otro como las piedras de la barda del vecino.
Había también algunos recortes de revista, fotografías en blanco y negro y álbumes incompletos con estampas de cuando era niño. Cuando para acercarse a la mítica Alejandría y al sueño eterno de Babel, bastaba con cruzar la calle para llegar a la tiendita de la esquina donde vendían golosinas cuyo premio a la expedición era ganarse, con suerte, ilustraciones salidas de entre los empaques.
También estaban algunas libretas que sobrevivieron a las horas del recreo cuando su cuerpo dejo de ser rígido para convertirse en ergonómicos asientos, baldosas contra los charcos o improvisadas porterías de fútbol a defender por el equipo. En sus hojas estaba todo cuanto la memoria omite; fórmulas, figuras, tipografías básicas, invenciones del aburrimiento, recados amorosos y letras, todo mezclado cual crucigrama, eran versiones inconclusas de aquellos días y aquellos años.
Al cambiarlas del lugar, vi que escurrían de entre ellas gotas con historias como lo hace el hielo al salir el sol; eran rostros y horas andadas, corpus del sinsentido cuando caminar a solas por la calle de Madero era como contar un cuento al centro histórico, atreverse a las miradas colgadas del edificio de enfrente o soñar con los días imprevisibles sin consultar antes el estado del tiempo.
De aquellas hojas arranqué una para escribir una carta a mi abuela muerta. Tenía la esperanza que el polvo levantado enterrara de una vez por todas los huecos por donde se escapa la memoria. No sé si lo conseguí, ni si la hoja tuvo tiempo de oponer resistencia, lo cierto es que prefiero no retar su tranquilidad con arrebatos, después de todo, siguen siendo árboles cumpliendo la misión de dar oxigeno a otro tipo de necesidades.
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