viernes, 7 de noviembre de 2014

+ poesía - policía

Llegué tarde a la cita. El trabajo en la oficina no espera y los pendientes carcomen más que las baldosas a las suela de los zapatos un medio día de mayo. A los manifestantes los encontré marchando en la calle de Tacuba aunque la avanzada tenía una hora  más o menos de haber llegado al zócalo. Quedé con Rocco y Aldo que nos veríamos en la puerta de Bellas Artes para caminar juntos por en repudio a lo sucedido en Ayotzinapa, pero ya era inútil, la hora pactada había pasado y por más que marqué a su celulares la misión encuentro era imposible.

Me detuve un rato en la acera por donde salí del metro. Entre el estrépito por la hora y lo sofocante de la chamarra, los poros de mi cuerpo daban testimonio que momentos antes, en el vagón, de la línea 2 era un infierno de calores y malos humores. No era tarde pero a esa hora el sol se había marchado. En un instante recorrió  por mi cabeza un halo de temor, coraje y rabia. Debo decirlo,  estaba atónito. Quería estar con mis amigos pero no podía moverme. No era capaz de perderme el festín de rabia y dolor que en aquel amasijo de gente se movía por la calle.

Seguí subido un instante en la banqueta mientras mis ojos presenciaban el tránsito de personas alzando pancartas, ondeaban banderas, se tomaban de las manos como una cadena de barco que se ancla en el agua. Eran chicos y grandes,  hombres y mujeres que en conjunto transpiran una suerte de indignación por lo que sucede en el país. Sus gritos eran fuertes, más por el coraje y la indiferencia de un Estado indolente que ha hecho caso omiso a los agraviados. Sus gritos eran roncos por tanto esfuerzo de pasar la tarde acallando al silencio. Algunos, los más precavidos, bebían aguan para continuar con la encomienda. El objetivo era salir a la calle y hacer del 43 el nuevo símbolo que se suma a los números ya icónicos 68 y 71 que forman parte de la memoria dolorosa de este país.

Eran las 7:20 de la tarde y frente a mí paso de largo un contingente de la ENAH tocando música de tambores. Iban improvisando de una forma u otra una égloga salida de sus adentros. Su sonido agudo, seco, igual al latido del corazón que está listo para lo que venga. El grupo enarbolaban la bandera de la victoria, la bandera xoxouhqui verde azul o azul turquesa que llevara consigo Cuitlahuac la noche de la victoria contra los españoles. Sólo que esta vez no era una noche de fiesta por sacar al enemigo. Esta vez era el presagio de la desnudez del gobierno que toma represalias  contra los estudiantes. Esta vez, esta marcha era la continuación de un canto mortuorio por la dignidad que aún late en la vieja y nueva calzada de Tacuba.

Paso tras paso, uno a uno nada en la vida es casual, todo sucede resultado de algo. Es una concatenación de agravios desde que parió la patria. De momento no alcancé a entender que ya estaba ahí, que había llegado también  por dolor aunque en nada comparado con el que sienten los padres de los normalistas desaparecidos. Aunque el mío también es dolor, dolor por presenciar el desmantelamiento de la tierra sin poder hacer otra cosa que inconformarme. No puedo ser indiferente o cómplice ante lo que sucede, mi razón me obligaba por simple moral a estar ahí y entregar una flor en girones que en ese momento era mi corazón. Después de todo, seguimos teniendo derecho a pronunciarnos en contra de este baño de sangre que no tiene fin.

Tenía claro que era una marcha, pero no de esas que nos asfixian en esta ciudad. No era una marcha salida desde el escritorio, era una ola de protesta con lenguaje propio, con nombres y apellidos, con fosas clandestinas y desapariciones forzadas, con daños colaterales y con estadísticas en el obituario grotesco en que se ha convertido México.

Mientras miraba, una chica lanzó un beso al aire y al alcanzarlo se acercó a mí para decir: ¿Qué esperas? no mires solamente. Esto es asunto de todos” dijo.

Me sentí desenterrado, como si fuera cómplice o autista. Sin pensarlo más, decidí dejar a Rocco y Aldo por la paz navegando en alguna parte del mar de gente en que se había convertido el primer cuadro de la ciudad. Con un movimiento rápido, la chica de la ENAH compartió la mitad de su cartulina blanca ya para entonces medio doblada por tanto ajetreo. Era un pedazo amorfo de papel donde se leía la frase: “Si nos callamos, lo aceptamos”.

Debo confesar que las marchas no me son ajenas. Que salir y gritar no es mi estilo, que prefiero otro tipo de acciones antes que dejarme llevar por la marea. Sin embargo, este es un asunto que nos mantiene en vilo. Por un momento vi la película ante mis ojos de cuando he andado en medio de las marchas, de cuantas veces he tenido que salir a ser políticamente incorrecto y despedazar el qué dirán.

No niego que los sueños comienzan a ver la luz en tanto pasan los años. A veces, y no en vano, con el paso del tiempo, las ganas se van haciendo como la fe de una prostituta donde la hora de la redención se aleja y los pecados se vuelven predecibles.  

Pero caminé, debía hacerlo. Lo hice sólo unas cuadras hasta que por fin llegamos a la plancha de concreto, al corazón político de México, al alma variopinta de nuestros triunfos y derroteros. Después de todo como lo advirtiera Monsi “Quién no se siente grande al entrar al zócalo”. Llegamos ahí ya a oscuras, apenas alumbrados por las luces de catedral y los edificios que circundan la vieja Tenochtitlán. Caminamos lento con un paso casi funeral. La plaza estaba llena; no supe en qué momento el contingente se transformó en masa, en una hidra de mil cabezas que seguían acompañándose desde el anonimato.

Me di cuenta que volvía a la contemplación de los muchos Méxicos cuando con otro beso, esta vez recibido en mi mejilla, la chica se despidió no sin antes decir:
-Nosotros nos quedamos aquí- En tanto, las miradas lascivas y risillas entre dientes de sus amigos hacían evidente el arrebato por ese encuentro que tiene de casual lo mismo que de inocente.

-Aquí  nos quedamos- volvió a decir ella mientras me perdía entre empellones de otras personas que se movían para alcanzar el mejor lugar en el mitin. Las banderas seguían moviéndose, las escuelas se entremezclaban y los que íbamos sin matrícula universitaria ya, como en mi caso, también nos multiplicábamos como panes y peces en cuaresma.

Avancé hasta donde me fue posible; unos 50 metros del estrado. Contemplé a mí alrededor la mixtura que hace rica la lid del enojo colectivo. Sin darme cuenta, tras de mí una bandera arcoíris se alzaba dejando en claro que lo diverso también  tiene motivos para no callarse. A esa hora amigos, compañeros y desconocidos no cesaban, eran un grito atorado que por fin salía en voz estridente del ¡Ya basta!

Frente a mí unos chicos escuchaban las proclamas tomados de la mano. Hacían la afrenta a los demás tras sellar los discursos con un beso en la boca. Se  distinguían de los otros no por sus afectos sino por sus playeras ajustadas y porque en sus  cuerpos famélicos tenían pintadas la bandera arcoíris con el águila y la serpiente enlutada con un listón negro. Eran de una vocacional, lo supe luego cuando al arreciar el frio se pusieron unas batas blancas con el logo del Poli en un costado de su hombros.

Los mensajes y pronunciamientos iban avanzados. Escuché uno a uno hasta que terminaron todos. La plaza estaba tomada por halo de indignación. Al finalizar, los accesos volvieron como aquellas viejas acequias a fluir, sólo que esta vez, no era agua lo que manaba, eran pasos apresurados  para alcanzar la salida y para alimentar  momentos después el caos del regreso a casa.

Caminé hasta Bellas Artes por Madero. Hice un alto en las jardineras del palacio de mármol y ahí como con un barrido de luz en fotografía, pasaba la gente a mí alrededor. Voltee la cabeza y al fijar la mirada ahí estaba otra vez la chica junto a  otro que había marchado. Sonrieron ambos mientras sus pasos lerdos volvían a reencontrarnos. La chica se despidió  de él y de mí nuevamente con un beso, no sin antes advertir la sorpresa por la coincidencia. –Los dejo solos chicos- dijo al marcharse.

Es curioso, nunca supe que él venía junto a nosotros mientras entrabamos al zócalo en el contingente de la ENAH. Lo confesó cuando cruzamos palabras. Él estudia en la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello y al igual que yo, se perdió buscando a sus amigos y ante la avanzada se incorporó a este  contingente.

No es casualidad la vida, es un ramo de sorpresas. Él tienes por apellido Alas y lo más cercano a volar es que es bailarín. La charla se extendió un buen rato. Conversamos tanto que parece nos conociéramos desde antes. Como cuando dos buenos amigos se reencuentra y se ponen al día de lo que les ha sucedido.


Nunca imaginé que al finalizar la manifestación por Ayotzinapa, el miércoles pasado, trajera consigo otras formas de poner a prueba los sentidos. Después de todo, sentir, también es una forma de protestar si agredir a nadie con la intención unívoca de provocar un golpe de estado al corazón.

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