A últimas fechas me ha dado por dejar de lado la discusión, las interrogaciones y los puntos suspensivos. Me enervan las pláticas de barandilla y los juicios descendentes de quien cree tener la razón. Salgo corriendo de los vituperios y los abrazos fraternos que terminan estrellándose en la espalda como un antídoto para la complacencia.
Voy por la avenida despojando juicios y haciendo del discurso unívoco un collar que luce mejor combinado con una remera negra y unos jeans desgastados. La noche es a esa hora cualquier cosa y los discursos caprichos de leguleyos.
Pero resulta que regreso al mismo punto, a aborrecer estos años y todo cuanto suena a sermón, a las charlas de autoayuda o a dogmas diligentes que no expían nada porque no tienen poderes mágicos. Para qué escucharlos, mejor abro los apuntes y encuentro letras avejentadas, líneas de grafito apenas entendibles, recortes de revistas y recados de cuando lo que sobraba era tiempo, eso que si se sabe hacer termina convirtiéndose en virtud.
Voy cavilando antes de subirme al camión. Medito si eso de escribir en mis apuntes es al final un discurso casi Goebbeliano como otros tantos que he leído de buenos amigos. Lo tengo presente por un tiempo, pero no, lo mío es cualquier cosa con tal de ganarle espacio a la hoja en blanco para que no esté sola.
Luego de unas cuadras de arrastrar los pasos subo al transporte público y tengo curiosidad por terminar de leer mis apuntes pero algo me detiene. Algo cruza en mi cabeza, tan fugaz como los ojos del chico que me gusta y que acabo de ver ayer. Cierro los apuntes y los guardo en la maleta. Busco un asiento que me saque del ruido y del lupanar que es la ciudad a esa hora dentro del metrobús. Para entonces voy pendiente sólo del ringtone del celular que poco suena y cuando lo hace, es para recordar que son las 10 de la noche; la hora de Elisa, la hora wester blot, la hora perpetua que agranda como en mirilla de microscopio mi sangre y su tránsito caótico de virus más que el de Insurgentes a esa hora de la noche.
Vuelvo los ojos a la maleta, hurgo dentro de ella y ahí petrificado está un libro. Mi maleta es un estanque donde pueden navegar tres libros a la vez por si en la lectura uno deja de inspirarme y naufraga como barco de papel y al hundirse se desgajará el mundo en partes iguales.
Me doy cuenta que el metrobús no avanza, hay mucho tráfico y se ha formado un tapón en la bocacalle de Viaducto más enredado que un discurso de la izquierda en época de elecciones. Respiro metiendo a mis pulmones el poco aire fresco que queda; no lo logro, sólo meto más hacinamiento de la ciudad comprimida en cápsulas de transporte público. Otra vez trato de relajarme, vuelvo en mí y al hacerlo, me entero de la letanía de la vecina de viaje que cuenta a detalle a otra con peor cara de hartazgo que la mía.
Cuento cuatro, cinco minutos más mientras en la pantalla del camión aparece un poema con música nauseabunda de fondo. Debería prohibirse en esta ciudad que en los espacios convulsos como el metrobús hubiese como bálsamo al remedio cualquier intento sublime de arte que termine transformándose en infernal discurso.
El bus está que revienta. Frente a mí unos chicos van remendando los trozos de amor que les quedan aunque como uno de ellos advierte, “ya es demasiado tarde”. Los miro, todos callamos o hacemos que no sucede nada para que el tiempo avance.
10:15 pm mi cabeza va haciendo bolitas de papel el día y comienza a encestar en el bote de basura la última disertación del compromiso beligerante de la discrepancia y el activismo, ese que escuche en la última reyerta del club de los más progres, esos que autonombran la independencia de las ideas siempre y cuando les deje buenos dividendos.
30 minutos desde que comenzó la historia. El viaje por fin llegó a su fin. Subo cinco pisos más a fuerza que por voluntad. Una noche más, una jornada más y los pasos mi alforja pueden sentirse tranquilos; los discursos y alegatos han llegado a su destino.
Llego a casa y enciendo la luz, corro las cortinas haciendo ruido para que el silencio note que he llegado ya. Me tiro en la cama y saco un libro a medias de la maleta para proseguir la lectura. Después de todo adoro sentirme acompañado por mucha gente que no aturde y sólo habla de sus vidas a través de las palabras inertes que están impresas con tinta.
Pienso que he pasado la prueba una vez más. Tomo el frasco con las pastillas y como si comulgara en silencio con ellas la homilía del día llega a su fin sólo que no junto las manos ni me arrepiento de mis pecados me han costado mucho como para abortarlos así como así. Para qué, no soluciono nada, como nada resuelvo con mil y un charlas bizantinas que vienen y van con amigos o detractores.
La alarma vuelve a sonar, segunda llamada. Hago un alto para tragarme dos pastillas, dos fantasmas que viven haciendo revoluciones y me mantienen vivo son el ying y el yang. Mando al diablo las pasiones con todo lo que cuelga en ellas. Mañana volveré a discutir con la ciudad y la polifonía de sus voces.
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