miércoles, 30 de julio de 2014

Por la ventana

Suele pasarme algunas veces que veo entrar por la puerta a seres conocidos hablando idiomas diferentes. Unas veces van tomados de las manos, otras apartándose de sí mismos para luego contarme historias al oído. Anoche, mientras en los audífonos escuchaba a Aaron Copland y George Gershwin. Sucumbí al movimiento de las manos para abrir la mochila, saque libreta y lápiz y comencé a estampar líneas en la hoja blanca.

Habría sido sencillo escribir si tuviera algo sensato en la cabeza pero no fue así. Me dejé llevar por los gritos del corazón agolpados como tambores preparándose para la guerra mientras un velo de recuerdos cubría el cuarto como fuegos de artificio. Eso y el lenguaje de las voces, taladraba más y más la cabeza como si al hacerlo inyectara un sedante a las elucubraciones que había dejado en la imaginación escuchar Salón México o la Rapsodia en Azul. Apenas si distinguía los balbuces de entre las cuales alcancé a escuchar una historia de hombres jugando a ser hombres y de visitaciones a lugares poco comunes. Trencé la historia a cada parte del cuerpo mientras amarraba la noche a las patas de la cama para que no volara sin control.

Para no aturdir al silencio y como no queriendo hacer un traje a la monotonía, abrí la ventana desde donde se contempla a la gente pasar antes de caer la lluvia. Vivo en el tercer piso de un edificio con vista a la tentación y la lujuria. Ahí frente a un hotel de paso que no por ser oasis carnal deja de tener sus encantos. Algunas veces se ilumina con luces de neón atrayendo parroquianos, obreros y oficinistas, vestidas y todo cuanto se mueva y coja, hasta aquellos quien sólo por no dejar caen en la noche, queman sus naves esperando encontrar “El Dorado”.

La acera de enfrente la ocupa el Metro, sus historias son bien conocidas, los andenes van copados donde se liberan verdaderas batallas por ganar el último centímetro disponible. Ahí se arriesga todo, incluso hasta lo que no se tiene. El Metro va y viene y aunque la línea sea azul, también se trasviste como las hermanas de la noche que lo ven pasar desde afuera mientras esperan cliente.

Siempre he creído que San Antonio Abad es una aduana o lo más parecido al límite de las necesidades corpóreas; es la entrada no oficial al Centro Histórico, al corazón mismo del caos donde cabe todo. Es la última oportunidad para ver la luz natural del día para quienes viajan desde el sur, la antesala al túnel donde todo es lo mismo bajo la ciudad. Después de todo, como reza la frase: “el amor termina pasando viaducto” así ha sido, así es y será para quienes vivimos al sur de la gran Tenochtitlán.
Pero otra vez regreso, abro la ventana y dejo escapar poco a poco al encierro para huir luego con él. Subo la persiana y me dejo ir como el polvo que por días ha comenzado a anidar ahí. Huyo de todo dialogo y desde lo alto veo como todo se mueve incluso los colores que bailan frente a mis ojos en vestidos embarrados en cuerpos artificiales y embadurnados hasta el último poro de la piel.

Para no aburrirme, recurro a diferentes oficios, leer un libro, escribir, tirarme a la cama mientras descubro en el techo cicatrices nuevas que se forman con la luz de la lámpara. Unas veces me da por ser melómano, otras por bailar y unas más, por ser aprendiz de juglar aunque la edad del divertimento en estos días se limite al cotilleo en redes sociales y a ritmos que poco entiendo. Sin embargo, recurro a esta treta cuando es necesario pretextando el encuentro con los otros y obvio así hacerme de más historias que contar. Recurro a la banalidad de dispensar el tiempo con el zapping de la televisión si no hay peor cosa por hacer, luego suena el teléfono y la paz se rompe, entra una llamada, o un mensaje de texto, sino el Face anuncia otro post menos interesante y la guerra por ser creativo y ganar más Likes se hace patente.

Reconozco que los jueves son los días que más disfruto siempre y cuando la lluvia no estropee los planes para platicar con el viento. Al salir a caminar pongo atención al rumor de las hojas que en contubernio con lámparas y esquinas siempre tienen cosas nuevas por chismorrear. Es difícil escuchar con atención en la ciudad, sino suena un claxon, un carro avanza y luego si te descuidas son mil, o la gente habla rompiendo toda armonía y se pierde la voz.

Aún puedo pretextar salir de casa con cualquier motivo y evitar el tedio o la mala compañía del roomie. Al caminar, entro a un museo o una tienda donde todos ven y nadie compra, es un juego que si sabes jugar te ayuda a mimetizarte en el anonimato entre discos, zapatos o ropa. A menudo como Fernando Vallejo entro a las iglesias a escuchar el silencio de Dios, luego salgo despavorido cuando comienza la liturgia y los pecados se expían, tengo miedo a perder los míos, exorcizarlos nunca, a mí me han costado mucho.

Al acabar el día y si la situación lo permite vuelvo a platicar con el celular, a escribir mini ficciones desde el WhatsApp y a hacer relaciones que duran un suspiro en la noche, ir al antro y liarme con alcohol de quien comienzo a ser su detractor. Al final, soy de ese tipo de personas que terminan literalmente bañados involuntariamente por otros cuando el in-pass de la fiesta dicta que todo ha terminado y el sudor hace una amalgama entre los cuerpos.

Al final, vuelvo a casa y entro a hurtadillas, no por ser respetuoso de quien ya duerme, sino para despistar a las voces que suelen acercarse a contar historias mientras cierro la ventana y la persiana cae más pronto que la noche.

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