Escribió hace más de 30 años José Emilio Pacheco, “ahora ya somos lo mismo contra lo que protestamos”, en estricto sentido es así. La construcción de todo país fructifica desde la consolidación de las bases que sostienen al aparato de poder. Sometidos por años a la influencia de las acciones del orden mal llamado estado, la costumbre de las nuevas lineas de poder han conducido a fincar desde el arrebato a la silla presidencial, lugar donde se presiden las riendas de todos los perennes carruajes apenas fracturados hace menos dos años.
Una vez terminada la revolución, la reconstrucción del esquema básico de poder vio la necesidad de instrumentar medidas expeditas para entablar el andamiaje de un país recién estrenado en la vida moderna. No falto aquel que de las cenizas augurara el fin del estado central avalado por décadas y pactado soberanamente en la centuria decimonónica juarista.
Por incomplacencia y capricho de voluntades, a México le correspondió dar el ejemplo (a nivel Latinoamérica) al instaurar un estado sólidamente basado en la fuerza de organismos que al final legitimarían su existencia en el poder, las instituciones. Años más tarde de aquella “memorable” era del Callismo con todo y la fundación del primer partido de estado, correspondió al Gral. Lázaro Cárdenas sentar las bases del otrora PRM. Con el trasfondo histórico a cuestas y la guillotina sexenal del poder se erigieron los nuevos plazos a que cada gobernante corresponde disponer a plenitud y es la voluntad de la nación tan sólo en seis años, mismos que para los elegidos representa el coto de poder más grande al que los simples mortales pueden tener derecho de acceder.
Años más tarde y ya con el consagrado título de Partido Revolucionario Institucional PRI, la panacea viviente que lleva a los militantes revolucionarios de una gesta que no les tocó vivir. A fin de construir su futuro en las necesidades de los ciudadanos comunes, así a mansalva se expropia títulos y se golpea las canastas de todo marchante en una tarde de diciembre so pretexto de una rebelión de desiguales subversivos para luego ponerle título mortuorio al asunto de “error de diciembre”. Todo jurando ante una tribuna el primer día del ultimo mes de cada sexenio, ahí donde se expresa con voz flagrante el apetitoso grito de “en virtud de las facultades que me han sido otorgadas...” todo deja de ser un sueño y es por consecuencia legal.
El presidencialismo mexicano nos acostumbró por mucho a discursos y al sainetes de primer orden, todo en apariencia siempre sufrido con zalameros recuerdos a quienes las frases estorban y lastiman. Nunca un rey pudo hablar mal del otro y sin embargo en su amasiato las cosas parecen distintas, frase despreciable y expiatoria de los catecúmenos de la transición. La historia de la suerte presidencial se ha contemplado desde todos los escenarios, cada sexenio nuevos y viejos, propios y extraños protagonizan los roles de las primeras cruzadas de la tragedia mexicana, vedettes demócratas cambian el protagónico papel del puritanismo legal, a la melancólica metáfora de los viejos tiempos.
Hace poco, la suerte del país se entabló en un burdel nacional legalmente instaurado por cámaras y tribunales oficiales, es más hasta la impresionante maquinaria redentora de la voz popular hecha votos el IFE, compitió por el crédito de la estrellita escolar al bien portado, correspondiente a las buenas acciones en defensa de la diversidad sólo que olvido que el país no se mide con votos sino con las ideas de quien los emite. Petulante y retador, desde el poder aquel eslabón de lo perfecto el oficialismo vio como el 2 de julio los esquemas artríticos de la revolución no pudieron contener más el demonio azul que todos llevan desde esa noche dentro y a ultranza la historia no tuvo más remedio que acallar con su ironía fatídica de un cambio pactado elecciones antes.
El nacimiento del nuevo dios se dio antes de llegar diciembre y adelantándose al otoño las hojas de los archivos cayeron y callaron en tanto las voces de quienes atisbaron la razón del desentendimiento. Letras, voces, manos, todos complacidos con su nuevo elixir color azul.
El presidencialismo no se entiende sin la presencia perdurable de una raza prejuiciada, golpeada y casi muerta. Faltan voces hilarantes lo suficientemente fuertes para golpear los estribos de un poder que apenas si puede sostenerse de pie. No se puede creer en la construcción de un nuevo orden cúpular de poder cuando por años y por días los representantes del oficialismo nuevo juegan a una apertura de puertas desde el corral de infantes. Los caprichos de los nuevos semidioses y semi reinas, distan mucho de aquellos a los que in fraganti los condujeron a dudar, ciertamente a vivir sin el mínimo de pericia para saber que la cordura no es de aquel que es precavido sino del que lo ha experimentado ya.
Los ojos y las manos del falso leviatán, no han salido siquiera del restirador de los proyectos del arquitecto recién egresado de cualquier “paideia” de los nuevos tiempos y contratado por la casa oficial. Para salir de dudas basta con advertir la ceguera de un infante con amnesia de poder y con anorexia de razón. Hay un rumor tan grande y poderoso capaz de destrozar los credos ajenos y ese es el miedo fugaz que la memoria nos ha hecho traicionar.
Al sepelio de los viejos recuerdos no asistimos más porque del muerto de quien se habla en esencia goza de cabal salud, y en sus visitas con los mortales permite concluir que la oposición no deja de ser más que un simple comentario o una quimera anecdótica a destiempo...
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